Todas las mañanas salgo a pasear con mis tres perros: Mateo, un pastor alemán de 46 kilos; Sara, mi golden retriever de 35; y Cedric, un mestizo macizo que pesa 27 kilogramos.
Como la práctica (y también la paciencia, la información y el aprendizaje) hacen al maestro, he logrado dominar de manera impecable aceptable el control de mis tres bestias en el paseo y, así, nuestra rutina se convierte en una experiencia refrescante y placentera para mi «pack» y, por su puesto, para mí, como parte de él que soy.
Pero tu paseo puede convertirse en una pesadilla cuando tropiezas con alguien que desconoce las reglas del juego, en lo que se refiere a sacar un perro a la calle. Me explico.
Cuando sales con tu mascota, hay una serie de normas que se deben seguir y varios detalles que no deben ser olvidados.
Una de las más importantes, y a la que dedicaré hoy mi discurso, es que NUNCA DEJES SUELTO A TU PERRO EN LA CALLE.
Es casi innecesario, por su obviedad, mencionar que un perro suelto es un peligro para sí mismo. Los perros son animales; hermosos, obedientes, inteligentes, deseosos de agradar y de aprender pero, al fin y al cabo, son, antes que nada, animales. Y los animales tienen INSTINTOS que normalmente reprimen pero, a veces, no tanto. Me refiero, por ejemplo, a la curiosidad que les impulsa a salir repentinamente corriendo, sin estar pendientes al semáforo (qué cosa, ¿no?) detrás de una lagartija, o de una paloma, o de una pelota en movimiento que se cruce en su camino.
Pero no es ese el peligro verdadero. Aunque un perro no es agresivo por naturaleza, tiene un instinto de defensa (como nosotros), que suele aparecer cuando se siente amenazado; y en este sentido, un perro suelto que se acerca a un perro amarrado puede ser percibido por este último como una amenaza (aunque no lo sea). No importa cuán bueno, dócil, obediente y juguetón sea tu perro. No importa su tamaño. Tu perro está suelto. El mio no. Tu perro tiene libertad de movimientos. Mi perro no. Tu perro no tiene malas intenciones, pero mi perro va a ponerse a la defensiva siempre. O NO. Y no me refiero a que de repente les de una vuelta a la cabeza y se conviertan en la niña del exorcista y masacren todo lo que se les ponga por delante. NO. Pero un perro que se siente abrumado, acosado, e incapaz de pelear o incluso de huir es imprevisible y puede reaccionar a la amenaza (real o percibida) de manera instintiva atacando antes de ser atacado, así que se me ocurre que lo mejor es que evitemos un mal rato. Más aún si el perrillo de aguas súper cariñoso y extra curioso se acerca bien contento a un pack de tres en el que, lo que haga uno, lo harán todos, bien por fidelidad o bien por contagio. Eso ya se hablará.
Cuando empecé a llevar a Sara a su curso de entrenamiento, lo primero que nos dijo a todos los presentes el entrenador -un profesional excelente y muy capacitado- fue: «No acerquen sus perros unos a otros. Tienen que pasear un rato en la zona individualmente y, poco a poco, a medida que ellos se acostumbran a la presencia de los otros, podremos acercarnos y permitir un primer contacto entre ellos».
Esto no será posible de ningun modo si un perro suelto se acerca a uno que esta amarrado.
De todos modos, también hay perros de aquellos que, de entrada, no tienen ningún tipo de intenciones amistosas, y aún así, andan por el mundo sueltos y sin horquillas. Y, a modo de ejemplo, terminaré contando una de tantas anécdotas relacionadas con esta clase de casos.
En cierta ocasión, iba paseando a Sara, con su correa; todo en orden, relajadas, disfrutando el paisaje. Repentinamente, no sé ni de dónde, apareció un chihuahua (¿cómo? ¿un chihuahua? ¡imposible!) y se lanzó directamente a ladrido limpio y con muy malas intenciones contra mi perra. No había manera de detener a la fiera.
Gracias a Dios, en esa época sólo tenía a Sara, que era para entonces muy joven y asustadiza, y su alerta defensiva estaba en cero. Así que la que peleó con el chihuahua fui yo. En los dos primeros asaltos iba ganando él. El perrito arremetía con ladridos agudos y chirriantes contra Sara, mientras yo hacía de escudo humano poniéndome entre ella y el perro para evitar una hecatombe. De repente apareció una señora, justo en el momento en que el chihuahua embestía nuevamente contra mi, chocando contra mi cuerpo como manzana de árbol sobre cabeza de Newton, y saliendo a rodar tres metros hacia atrás, fruto del efecto rebote que habia ocasionado la monstruosidad de su propio impulso. Ay, madre. Aquello sí que parecía la niña del exorcista.
En definitva, lo importante es que nos concienciemos de que, cuando vamos por la calle, no podemos dejar nunca a nuestros perros (de buen carácter o no) acercarse a otro que esté amarrado, porque no podemos predecir cómo reaccionaría un animal (de buen carácter o no) que se siente amenazado por tener limitada su libertad de movimientos y, por tanto, su capacidad de defensa.
Lo mismo aplica a aquellos que pasean a sus perros amarrados y se acercan bien contentos a otros dueños con otros perros, también amarrados, para que conozcan un amiguito y aprendan a socializar. Esa no es la forma.
Si quieres una mascota, instrúyete, para que puedas disfrutar su compañía sin sustos, sin traumas y sobretodo para asegurar su bienestar físico, social y emocional.
Por supuesto, nada de esto aplica a aquellos perros que tienen un entrenamiento cuasimilitar nivel equivalente o superior a un perro de servicio. Esos animalitos son de otro mundo. Ellos nunca se desviarían de su camino para saludar a otros perros o para cazar una paloma o para agarrar una pelota en movimiento que de repente se le cruzara por delante de los morrillos.
Con todo mi amor.
